Brunner: “América Latina se está poniendo a tono con la nueva forma de gobernanza de la educación superior”

 

 

Según el investigador chileno José Joaquín Brunner, la educación superior en América Latina está cambiando. La conducción de nuestras universidades públicas ya no es una tarea que compete únicamente al aparato estatal, sino que otros sectores interesados –las industrias, las organizaciones civiles y los círculos culturales, entre ellos- empiezan a ocupar un lugar de importancia en el proceso de toma de decisiones. Cómo se están produciendo estos cambios en el mundo entero y cuál es la relación de América Latina con este fenómeno son algunas de las preguntas que Brunner –profesor titular de la Universidad Diego Portales- responderá a lo largo de la siguiente entrevista.

 

PREGUNTA: Usted ha opinado que está avanzando una nueva forma de gobernanza de educación superior. ¿En qué consiste esta nueva forma?

 

RESPUESTA: Hay varias características para señalar. Este nuevo tipo de gobernanza es, primero que nada, una forma de conducción de los sistemas nacionales de educación superior cuyo pivote sigue siendo el aparato público estatal -el propio ministerio, los concejos de ciencia, etcétera-, al que sin embargo se han ido agregando otras partes interesadas en la educación superior: del sector productivo, de la organización civil, del campo intelectual y cultural, de las industrias. Entre todos ahora se forma un entramado de gobernanza. En consecuencia, también las políticas -que hasta ahora tenían como fuente única al Estado, a través de sus distintos organismos- empiezan a convertirse en redes de políticas en cuya formación participan todos estos nuevos actores. De este modo, crece la complejidad de la forma de gobernanza y cambian los instrumentos: ya no son simplemente los instrumentos de comando burocrático, sino que se asocian también otros instrumentos de formación, los llamados soft powers y otras formas de estímulo y persuasión. Además ha crecido el uso de mecanismos de mercado en la conducción de estos sistemas.

 

P: ¿Cómo se da esta nueva forma de gobernanza en América Latina?

 

R: La región se está poniendo a tono. Son cambios que hace rato se han implementado o se están implementando en países de la OCDE, en Asia del Este y del Pacífico, en Australia, en Nueva Zelanda. Basta ver lo que ha ocurrido con la gobernanza de la educación pública en varios países europeos, en Japón y sobre todo en países que son la cuna más marcada de la social-democracia: los países nórdicos. Allí se ha llegado a una nueva concepción de la gobernanza pública de las universidades, en las que las universidades dejan de ser parte del Estado propiamente dicho -del mismo modo en que sus profesores dejan de ser funcionarios públicos- para transformarse en fundaciones públicas con mucha más autonomía de la que supieron tener en otro momento, cuando eran dependencias exclusivas de los ministerios. Empiezan a ser conducidas a la distancia o por control remoto, como se dice, y a través de instrumentos de financiamiento que son básicamente de mercado o de cuasi-mercado. No hay nada más sofisticado que lo que Finlandia hace para financiar a sus universidades, que aquí en América Latina sería considerado algo inaceptable o demasiado influido por el pensamiento neoliberal, cuando en realidad forma parte de esta nueva concepción de la gobernanza y no tiene relación con los mercados desregulados, con el salvajismo capitalista, sino todo lo contrario. Esta transformación se lleva adelante en los capitalismos más regulados, que son precisamente los del Norte, pero bajo una nueva forma de regulación, que no es propiamente regulación de un gobierno centralizado, desde el aparato público, sino regulación sofisticada, descentralizada y con participación de las diversas partes.

 

P: Durante su exposición en el Seminario CTUS de la OEI, usted habló con cierto descreimiento de lo que usted llama la narrativa del potencial de la ciencia y la innovación como agentes transformadores de nuestras sociedades. ¿A qué se debe ese descreimiento?

 

R: Mi descreimiento tiene que ver con la narrativa estándar o convencional de este tipo de cuestiones, que es la que predomina en muchos círculos de análisis y estudios de ciencia y tecnología, de investigación y desarrollo, y que tiene su centro más potente en algunos organismos internacionales: la OCDE, el Banco Mundial, el World Economic Forum con sus informes de competitividad y las academias de Estados Unidos y de otros países anglosajones. Estos círculos han construido una narrativa súper potente para demostrar que el capital humano avanzado, la investigación científico-tecnológica y la innovación son el motor del crecimiento económico. Me parece que es una narrativa plenamente comprensible si se la mira desde el centro del capitalismo internacional, desde la frontera tecnológica de las grandes empresas multinacionales y los más importantes países del Primer Mundo. Sin embargo, no es una narrativa fácilmente repetible en América Latina. Los motivos son muchos: las características de nuestras estructuras económicas, la fuerza que tiene aún hoy la producción basada en recursos naturales, la enorme heterogeneidad tecnológica de nuestras empresas, la debilidad en general -salvo en algunos sectores y en algunos países- de nuestras manufacturas, la baja composición de productos en servicios intensivos de conocimiento y la débil producción de conocimiento de frontera, entre otros. En general, nuestra forma de entrar en el juego de la innovación va más por la innovación incremental y por la transferencia de conocimiento ya materializado en bienes de producción que forman parte de la innovación externa de Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia, entre otros países. El entusiasmo de la narrativa del Norte tiene un efecto distractivo en América Latina. Nos desfocaliza del mayor desafío que tenemos frente a nosotros: cómo pensar, desde nuestra realidad económica y nuestra posición relativamente marginal de la geopolítica del conocimiento, el papel que pretendemos que ejecuten en nuestros países la ciencia, la innovación y las universidades.

 

P: En el terreno específico de la educación superior, ¿qué aspectos deberían atenderse para cumplir con ese desafío?

 

R: En principio, hay llevar adelante este proceso de traslación del gobierno tradicional a la gobernanza actual. Dentro de ese mismo plano, esa gobernanza debe ser capaz de producir visiones estratégicas de mediano plazo para el desarrollo sustentable de la educación superior. Nuestros países viven de los ciclos económicos, de programas de corto plazo, del invento de incentivos que se ponen y se sacan con igual facilidad. Nos falta un marco de desarrollo, una perspectiva de desarrollo sustentable, sin excesiva burocracia. Desde el punto de vista de las funciones de la universidad, los principales desafíos son: cómo constituimos en la realidad latinoamericana - y por lo tanto con un énfasis crítico de lo que se elabora en América del Norte- las dos hélices de producción, transferencia y uso del conocimiento, la llamada triple hélice productiva y la llamada triple hélice social para las políticas públicas. Finalmente, debemos resolver cómo nos hacemos cargo de formar capacidades profesionales, técnicas, científicas, académicas e intelectuales en el marco de una universidad superior que se ha vuelto masiva y va en camino de universalizarse.