Carlos Pérez Rasetti: “Como información, los rankings de universidades son pobrísimos”

Medir para ver mejor. Así se podría resumir la meta que persigue el argentino Carlos Pérez Rasetti en el diverso ámbito de la universidad iberoamericana. Investigador, profesor y funcionario, en la actualidad forma parte de un equipo de expertos que días atrás dio inicio a la elaboración de una batería de indicadores que permitirá la comparación entre los sistemas universitarios de los distintos países de la región. No se trata de una tarea sencilla, pero Pérez Rasetti muestra una confianza plena en el proceso recién comenzado y, especialmente, en el valor de su propósito. Nacido en 1955, dirigió la Universidad Nacional de la Patagonia Austral y el Instituto Universitario de Santa Cruz, adscripto a la Universidad Nacional del Sur. Como docente e investigador, trabaja desde hace tiempo en temas relacionados con la gestión universitaria. Es un defensor convencido de las virtudes del sistema público de enseñanza superior. Durante esta entrevista, se manifestará acerca de los riesgos de comparar realidades heterogéneas y realzará la importancia de la medición como camino hacia políticas más efectivas en el campo del conocimiento. También se hará un tiempo para criticar el –a su entender- escaso rigor de los rankings de universidades que difunden cada tanto los medios de comunicación. Medir es una cosa seria, dirá. Lo que todavía falta es empezar a determinar qué es lo que realmente se necesita medir.


PREGUNTA: En un sentido general, ¿por qué es necesario construir indicadores?

 

RESPUESTA: Para justificar su metafísica, Aristóteles decía que el hombre quiere por naturaleza saber. Allí estaría la primera respuesta a la pregunta. Es razonable pensar que vamos a saber más sobre nuestros sistemas de educación superior si elaboramos indicadores que nos permitan organizar mejor la información disponible. Para una región que tiene la voluntad de establecer políticas conjuntas, cooperativas y convergentes, los indicadores comparados resultan un insumo fundamental. Hace tiempo que la situación de Iberoamérica se ha vuelto compleja. Por ejemplo, cuando hablamos de movilidad de estudiantes o de profesores, estamos hablando de partes de un sistema que se encuentra en constante movimiento. Cada parte tiene capacidades y características diferentes. En la medida en que podamos conocer y discernir qué es eso que estamos observando, podremos saber cuáles son esas diferencias, tomar lo bueno de ellas y modificar lo malo a partir del diseño de políticas. La medición brinda una base vital para mejorar la cooperación, corregir los desniveles y dirigirnos hacia una integración más intensa.

 

P: Iberoamérica es una región heterogénea, donde conviven realidades muy distintas entre sí. Para la educación superior, ¿qué implicancias tiene esta heterogeneidad?

 

R: Muchas. Con el objetivo de avanzar en el campo de la comparación, lo indispensable es trabajar desde una perspectiva institucional. A mi entender, eso es lo novedoso de nuestra propuesta. Pensemos en una comparación entre Argentina y Brasil, por ejemplo. Si decimos que en la Argentina hay unas dos mil instituciones de educación superior, estaríamos de acuerdo en que hay casi tantas como en Brasil, que es un país de otra envergadura. Lo que no estamos haciendo es preguntarnos cómo son esas instituciones de educación superior en la Argentina. Por lo pronto, hay institutos terciarios y universidades. En general, los primeros son muy menores en tamaño y capacidad que las segundas. A su vez existen universidades gigantescas - Buenos Aires, La Plata, Córdoba-, universidades medianas y universidades pequeñas. Llegados a este punto, deberíamos recordar que hasta ahora sólo hemos estado midiendo la magnitud de estas instituciones: cantidad de alumnos, número de profesores y presupuesto, entre otros aspectos. Sigue fuera del análisis el cómo funcionan, a quiénes benefician o deberían beneficiar. De modo que la comparación entre Argentina y Brasil, para volver sobre el ejemplo, ya no es tan simple. Al empezar a construir indicadores de educación superior, nos encontramos frente a un desafío muy grande: tratar de alcanzar una profundidad institucional que nos permita elaborar una tipología y comparar tipos de instituciones distintos en un país determinado y tipos de instituciones entre distintos países. Es lo más original de nuestra propuesta y lo más complicado de resolver, pero confiamos en que vamos a encontrar las herramientas necesarias para hacerlo.


P: Del mismo modo en que hay diferencias, también debe haber puntos en común. ¿Cuáles serían, para usted, algunas de las características de la universidad latinoamericana?

 

R: Hay muchos elementos que están atados a la historia de las instituciones en nuestra región, por influencia de la reforma. En algunos países se nota más que en otros, pero se trata de una realidad palpable a nivel general. Un ejemplo: los gobiernos colegiados son una peculiaridad característica de las universidades de América del Sur. Eso no se ve tanto en países anglosajones o europeos, donde la construcción se da de otra manera, y muchas veces transforma a nuestras universidades en serios espacios de acción política en la comunidad a la que pertenecen. Es decir, en las universidades de la región no sólo se produce conocimiento y se forma gente, sino que también se toma posición sobre lo que pasa alrededor y se actúa en consecuencia, generando actividades y opiniones. Eso me parece una característica rescatable. Habrá que ver cómo hacemos para medirla en su peso específico, ya que no se da con la misma intensidad e impacto en todos los países. Otro punto relevante tiene que ver con la inclusión y la equidad: en muchos países de América Latina aparecieron, en los últimos años, diversas políticas de expansión del quehacer universitario. Hay una conciencia de que es necesario avanzar hacia una convergencia, de manera más o menos planificada, para intentar llegar a aquella gente que está lejos de la universidad, tanto en un sentido geográfico como en un sentido social y económico.


P: Para medir la educación superior, ¿qué categorías no deberían faltar?

 

R: Al menos en lo que respecta a nuestro trabajo, ya estamos considerando algunos aspectos. Por ejemplo, nos interesa trabajar sobre los sistemas y los subsistemas de educación superior. Aquí estaríamos hablando de una categoría sobre la cual no vamos a construir indicadores de manera directa, pero que sí congregaría datos y tipologías acerca de cómo están regulados los sistemas de educación superior de la región. Otro elemento a observar es la función social de la universidad: para qué la creó la sociedad a la que cada casa de estudio pertenece, cómo cumple esa función, cómo forma recursos humanos, si hay énfasis en la investigación o no, quiénes egresan de las carreras y cuánto tardan en hacerlo, quiénes fracasan y cuál es el impacto concreto que todo lo anterior tiene en la comunidad que rodea a la universidad. Todavía estamos en una etapa muy preliminar, de todas formas. A partir del intercambio iremos llegando a más precisiones.


P: ¿Existe un protocolo básico para iniciar una tarea de medición? ¿El trabajo que están haciendo se parece en algo al que ya se ha realizado para crear otros indicadores?

 

R: En el terreno más básico, sí. Cuando elaboré el documento que sirvió de base para realizar el taller, me interesó acercarme a la discusión más teórica sobre la construcción de indicadores. Esto se debe a que estamos encarando un proyecto en un área relativamente inexplorada, donde se presentan algunas dificultades que debemos estudiar con cuidado, especialmente en lo que tiene que ver con el componente institucional. Nos preocupa definir qué rol ocupan los tipos institucionales en un sistema determinado, hasta dónde eso es representable cuando se está construyendo un indicador. En los sistemas de educación superior lo institucional es determinante, quizás por el carácter arquetípico que tiene en ellos la “universidad”. Pero, a pesar de que hay disponibles indicadores de muy distinto tipo, lo institucional se les escurre. Por otra parte, los catálogos de indicadores disponibles para educación superior suelen incluir metas institucionales o de sistemas nacionales. Hay cuestiones performativas que pueden resultar tanto un estímulo como una presión para instrumentar ese indicador. También es un riesgo introducir indicadores que generen sentido por sí mismo. Es decir: podríamos utilizar indicadores que ya desde el inicio estén realizando una evaluación, que ya estén diciendo que esto que está siendo mostrado es mejor o peor que esto otro. Tendremos que hallar la manera de representar las realidades de cada sistema y evitar situaciones problemáticas: por ejemplo, juzgar con parámetros de un sistema la realidad de otro. No por nada un investigador como el mexicano Díaz Barriga dice que la calidad consiste, al final, en mejorar indicadores. Pero nosotros pensamos que esto es muy peligroso, porque mejorar un indicador puede implicar el abandono de una función social. Por ejemplo, si para disminuir la deserción profundizamos la selectividad del ingreso, podemos dejar de lado la responsabilidad de dar formación a muchos.


P: ¿Separar a los países en grupos de análisis sería una manera válida para resolver esto?

 

R: Hay distintas estrategias posibles. Al taller podríamos haber llegado con una propuesta ya preparada y ponernos a ver si esa propuesta tiene o no consenso. A nosotros nos pareció mejor, por varias razones, escuchar a los representantes de cada país, que cargan con un conocimiento más claro acerca de lo que ocurre en cada sistema. De esta manera conseguimos avanzar sin encorsetar el debate.


P: ¿Van a utilizar el acervo ya obtenido por otros indicadores?

 

R: Totalmente. Algunos de los indicadores que probablemente agreguemos al catálogo ya fueron utilizados en otros trabajos de medición. El sentido que produce un indicador no es aislado, sino que se debe analizar a partir del paradigma en el que está inserto. Y en este caso el paradigma es el catálogo de indicadores. De modo que es perfectamente lícito tomar una categoría que otra área ya ha desarrollado para determinado concepto, siempre y cuando sea ajustable a nuestros fines y se tenga presente el sentido que asumirá en nuestro propio manual de indicadores.

 

P: ¿Qué sucede con los rankings? ¿Considera que son una herramienta válida para medir la realidad universitaria?

 

R: Los rankings han proliferado y varios tienen mucho prestigio. Por algo salen publicados en todos los diarios una vez por año. Lo que no queda claro es cómo se construye la información que muestran. Su base metodológica genera dudas. Para empezar, la cantidad de indicadores que intervienen en la elaboración de un ranking es muy escasa y casi nunca se transparentan los parámetros utilizados. Cómo se llega a determinado resultado es algo que conoce mucho menos del uno por ciento de la gente que luego lo ve impreso y se asombra. El principal problema detrás de todo esto es que los rankings ponderan. Es decir: le otorgan un valor a cada uno de los indicadores que operan dentro de él. Ponderar es decir “esto vale tanto” y “esto vale más que aquello o menos”. El ranking es un mero juicio de valor, pero se le otorga el estatus de una realidad que está ahí. Y también está demasiado al alcance la tentación de construir un resultado. Si yo quiero que las universidades que tienen “A” estén arriba, entonces “A” va a valer más que “B”. Sé qué tipo de universidad quiero que esté primero, no necesariamente tal o cual institución, sino aquella que responde a determinadas características. Los rankings no hacen más que encontrar lo que estaban buscando. Como investigación no tienen valor y como información son pobrísimos. Achatan la realidad, la reducen, le quitan sentido. Y terminan por distorsionar las expectativas de la sociedad: ése es el peor efecto.


P: ¿Cómo se percibe esto en nuestra región?

 

R: Aquí leemos que la primera universidad latinoamericana aparece en el puesto 500 y nos sentimos inferiores. El eje del análisis debería ser otro. ¿Qué universidad necesitamos? ¿Qué universidad se está midiendo? Es verdad que nuestras instituciones tienen muchos problemas, pero también es cierto que cuentan con un abanico de aspectos positivos que los rankings no rescatan porque no están diseñados para hacerlo. El sistema universitario de muchos de nuestros países permite que los padres no estén obligados a deslomarse trabajando para reunir el dinero que les permita a sus hijos convertirse en profesionales. ¿Y eso por qué no se mide? No quiero ser reiterativo, pero lo que importa es que nos preguntemos qué universidad queremos. A mí me parece que lo mejor sería mantener el espíritu de la actual y solucionar aquellas cosas que no se hacen bien. Nuestro problema no es que no somos Standford o Yale, sino que no contamos plenamente con la universidad que nuestras sociedades necesitan.

 

 


Carlos Pérez Rasetti participó como autor, en conjunto con el experto Isidro Aguillo, del último foro debate de la Revista CTS. Si desea acceder al debate y dejar su comentario, siga este enlace.